José Gurvich, una vez más

26/Mar/2012

La República, Nelson Di Maggio

José Gurvich, una vez más

ARTE
POR NELSON DI MAGGIO –
SÁBADO 24 DE MARZO, 2012
Las obras –varias desconocidas– de José Gurvich se presentaron en cantidad abrumadora durante el verano en la Fundación Atchugarry y ahora se exhiben, en corte selectivo, en el Museo Nacional de Artes Visuales.
Hace dos años se efectuaron dos muestras simultáneas de José Gurvich (1927-74): “Canción de la pintura”, en la Galería Óscar Prato, y “Los universos judíos de José Gurvich”, en el Museo Gurvich. Muy diferentes en la selección de obras y en el montaje, ambas, sin embargo, ofrecieron un panorama plausible y generoso de las preocupaciones del artista. Ahora, con la denominación “Los mundos fantásticos de José Gurvich”, la exposición, dividida en diferentes ejes temáticos (El puerto de Montevideo, Naturalezas muertas, Universalismo constructivo, Mundo infantil, El Cerro de Montevideo, La pareja, El mundo fantástico, Los universos judíos, N. York, N. York) acentúa el lado anecdótico y narrativo de la producción de Gurvich desplazando, una vez más, como sucedió en la mencionada muestra del Museo Gurvich, el valor expresivo y formal de cada obra. Una circunstancia que se afirma en el enorme libro-catálogo (423 páginas y numerosísimas reproducciones, más allá de las obras exhibidas) y en los variados textos que, a excepción del escritor Edward J. Sullivan, eluden la observación directa de los trabajos al preferir las interpretaciones literarias, históricas, sociales o religiosas que se bien legítimas, no acompasan con el acto creador en sí. Esa dicotomía resiente la comprensión de Gurvich pues la mayoría de los trabajos seleccionados mantiene una buena distancia de calidad con las obras que se pueden ver en el Museo Gurvich o las excelencias recogidas por Óscar Prato.
Sin duda, hay pinturas de muy buen nivel fechadas en los años de absoluto dominio técnico del artista, entre 1969 y 1972 (“El mundo del Kibutz Ramot Menashé”, 1970, “Sueño de Jacob”, 1970, “Sacrificio de Isaac”, 1970, o los “Proyectos para monumentos” en Nueva York, 1971-72, cuando su estética enfilaba hacia otros rumbos, no suficientemente estudiados), deliciosas tintas y acuarelas sobre papel y algunas pinturas de su primera residencia en Israel, en 1955, la inventiva curiosísima de la versión de “Pecados capitales” (1967), adquisición reciente. Las abigarradas composiciones sofocadas por un torrente de personajes, rostros, objetos que nutren una narrativa literaria, sin duda dejaron poco tiempo para atender los detalles en la minuciosa elaboración que merecían e inventar desde la materia misma el efecto trascendente del referente que tuvo en cuenta.
Quizá Gurvich sea el artista uruguayo más revisitado a través de importantes exposiciones individuales, dentro y fuera del país, con una regularidad sospechosa de mercantilismo. Sobre su obra se han escrito numerosos libros y catálogos, con acumulación de documentos fotográficos, testimonios de amigos y de su peripecia vital. A pesar de su muerte joven, Gurvich dejó una producción inmensa, variedad de estilos, temas y soportes utilizados, ejecutados casi siempre dentro de precariedades económicas especificadas en cada ocasión. Luego de su muerte, su obra fue justamente valorada por su valor intrínseco y también en el mercado. Era el momento de un ensayo en profundidad (a partir del catálogo razonado que absorbe los desvelos de Cecilia Torres) y una visión totalizadora de su vastedad creadora y no insistir en pequeños artículos que nada agregan a lo sustancial.
Se han evocado, como se escribió en estas páginas en otra oportunidad, con empecinada vocación anecdótica, su vida humilde y laboriosa, los distintos barrios y ciudades en que vivió y trabajó, los maestros e influencias (Torres García, Bruegel, Bosch, Chagall, Klee, Miró, Picasso), siempre en enfoques sesgados, parciales, que rara vez satisfacen la visión sintética de la obra y el contexto sociocultural en que la realizó. Figurativo, casi siempre, abstracto y organicista por períodos, ligado a la religión judía en la persistencia de símbolos que alternan, se confunden o intercambian con los símbolos de artistas que admiró y perduraron en una suerte de sincretismo estético pero sin convertirse en el portavoz artístico religioso de un pueblo, como se insiste en una desmesura interpretativa.
Porque para Gurvich remontarse hacia el pasado no significó anclar en el arte precolombino, como la mayoría de sus colegas del taller torresgarciano, aunque quedaran los temas (el puerto, la naturaleza muerta, la pareja universal), sino una inmersión en la cultura judaica para enhebrarla a la experiencia vital de Montevideo y otras residencias en la tierra.